Elogio del Fracaso

Llega fin de año y habitualmente junto con estas fechas se viene el tiempo del “balance”. Qué gané, qué perdí, qué logré, cómo me manejé en el trabajo, qué tal anduvo el amor entre tanta cosa hard.

Está bueno hacer ese ejercicio y seguramente hay de todo. Tal vez me cambiaron de tarea, me promovieron, o no y seguí haciendo lo mismo; la plata alcanza menos. Conocí gente valiosa, personal y profesionalmente. También me volví a topar con decepciones.

Perdí afectos, logré nuevos vínculos. Me desenamoré, me volví a enamorar. ¡En un año pasan tantas y tantas cosas! Pero en este encuentro me gustaría compartir con vos algo respecto a nuestra mirada sobre los pequeños o grandes fracasos que hayamos podido tener, y tratar de pensar que tal vez: “si sucede… conviene”.

¿Qué hacemos cuando nos atraviesa el dolor? Lloramos, nos angustiamos, aparecen muchísimos temores nuevos, la fragilidad se nos escapa por algún recoveco. Tratamos de ser fuertes porque nos lo exige el rol que tenemos asignado en nuestra familia, como hijos y/o padres, en el trabajo, con los amigos, con el entorno.

Mujeres y hombres “fuertes” que lloramos un poquito para afuera y nos inundamos de lágrimas por dentro. En esos momentos somos casi casi, lo que los demás esperan que seamos, aún en la manifestación del dolor. ¿Pero qué hay de lo verdadero de nosotros?

¿Qué ocurriría, sin embargo si nos dejáramos abrazar por los duros sentimientos que provoca el sufrimiento? ¿Qué nos pasaría si nos permitiésemos escuchar el grito del silencio, sin música, sin palabras que lo rodeen, sólo el sonido del corazón y del viento? Es altamente probable que comenzáramos a entender que nada es en vano. Nada.

Todos los que pasamos por el dolor (y todos lo pasamos más de una vez), podemos darnos cuenta de que cualquier pérdida, desprecio, decepción, frustración, o todo junto, nos está entregando un aprendizaje de prudencia, de calma, de cuidado, de reconocimiento de “un otro diferente”, mejor o peor, pero ciertamente distinto y novedoso, con quien nos podremos conectar de una manera disímil, perdonando, y sobre todo, comprendiendo.

Me alejo de mi ombligo y de lo víctima que soy en ese momento para darme cuenta que el dolor y el desconsuelo nos acerca. Justamente porque todos en más de un momento lo tenemos que pasar.

No corro un campeonato de quien sufre más. Expando mi corazón para abrigar y abrigarme en el de “ese otro” que, en dicho momento, pasa a ser parte de mí mismo. El sufrimiento siempre necesita que alguien nos acompañe, y si puedo reconocer en ese otro a un par, el camino empieza a iluminarse de a poco y lo negro va migrando a otros tonos.

La maravillosa poeta ecuatoriana Ana Cecilia Blum dice que “…en la vida ni se gana ni se pierde, ni se fracasa ni se triunfa. En la vida se aprende, se crece, se descubre; se escribe, borra y reescribe; se hila, se deshila y se vuelve a hilar”.

Quizás desde esta perspectiva del fracaso, sea cual sea su manifestación, podamos aprender a ser un poco mejores.

Brindemos entonces, aunque sea un poquito, por el dolor que también enseña. Porque tal vez si sucede… conviene.

¡Felices Fiestas queridos amigos!


Julio Bresso

Especialista en Recursos Humanos y Desarrollo de estructuras organizacionales